¿Por qué fracasó la República que soñó Martí?
Por Carlos Alberto Montaner
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LiberPress-Baracutey Cubano – 28 de enero de 2008, Durante el primer medio siglo de vida independiente los cubanos solíamos referirnos nostálgicamente a “la república que soñó Martí”. Era un recurso retórico generalmente utilizado para quejarnos de la realidad política y social del país. Lo que allí sucedía, aparentemente, no era lo que Martí se había propuesto crear. Algo había salido mal. Algo no había funcionado. ¿Qué sucedió? ¿Qué era lo que tenía Martí en la cabeza cuando convocó a la lucha por la independencia en 1895, y por qué embarrancó aquel proyecto que tanta sangre y sacrificio costara? Los papeles que siguen tratan de responder esas dos preguntas.
La forja de un nacionalista romántico
A los 16 años, en 1869, Martí tuvo su primer encontronazo con la justicia española por defender la independencia de Cuba. Probablemente, entonces pesaba más en él la influencia de su admirado maestro Rafael María Mendive, director de la escuela San Pablo, que la de sus padres españoles. Mendive, ex discípulo de José de la Luz y Caballero en el legendario colegio El Salvador, era un intelectual de personalidad agradable, buen poeta romántico, mientras D. Mariano, el padre de Martí, era un militar de bajo rango, limitada educación y no muy buen carácter, de manera que es explicable que aquel niño sensible y extremadamente inteligente que fue Martí, sin advertirlo, y sin dejar de profesarle un gran cariño a su padre, haya efectuado psicológicamente un cambio de modelo paterno, colocándose bajo la autoridad moral de su admirado maestro y mentor.
Martí se hizo poeta romántico y se decantó como un nacionalista cubano de la mano de Mendive. La poesía, el romanticismo y el nacionalismo, al fin y al cabo, eran categorías vecinas que casi siempre iban juntas. Su mundo adolescente -y ahí está el poema Abdala como prueba- es un universo de arquetipos heroicos, de exaltación de figuras valientes y entregadas al sacrificio, gente toda maravillosa a la que se debía emular. Esa visión formaba parte de la sensibilidad romántica y Martí la había adquirido en la casa de Mendive, a veces en el patio del colegio, donde los muchachos recitaban los versos patrióticos del maestro. Allí, quizás, también decidió que el desinterés económico era una virtud extraordinaria, cuando vio a su amado profesor empeñar su reloj “para prestarle seis onzas a un poeta necesitado. Y luego -dice Martí- yo le llevé un reloj nuevo, que le compramos los discípulos, que le queríamos; y se lo di llorando”.
Escrito por ciudadanodiario